miércoles, 26 de noviembre de 2008

Flojos de pantalón

Las luces de neón anuncian la inminente obertura del local y agazapados entre las sobras que producen las farolas del parking se encuentran los devoradores de carne fácil, carne fresca, carne indocumentada.

Surge la escena en un salón, la matrona da dos palmadas acompasadas y salen una tras otra como si fueran niñas en promoción. Y en los cómodos sillones están las momias poniendo precio, aunque la ambigüedad de sus actos los delata, ya que les da lo mismo ocho que ochenta, la cuestión es que se comporten con profesionalidad. Dinero no les falta.

Alguien va presumiendo discreción, pero todos se conocen y no hacen falta las palabras, tan sólo las miradas para saber quién es el ganador de la subasta de hoy. Una medalla más, una muesca más en la empuñadura de sus pistolas. Son los flojos de pantalón siempre dispuestos a obtener aquello que desean sin reparar en gastos, sin remordimientos, sin miramientos.

Ellas son la musa que inspira la ambición, el querer más, el poder más. El dinero lo puede todo. Pero no son conscientes, o quizás sí, que más les da, del daño que están haciendo.

Las muñecas de porcelana se consuelan con sueños de libertad, miles de noches al pie del cañón y una gran fuerza de voluntad.

El salón se va quedando poco a poco vació. Es una tribu de ficción necesitada de la matrona que parece tener el síndrome de bufón siempre riéndoles las gracias y llevándose suculentas propinas.

Lo que no sabe es que entre las pobres muchachas, obligadas a ejercer va provocando desprecio y reacción, y quizás un día deje de lucir su condición de matriarca.


Los flojos de pantalón se sienten servidos y les dicen al salir de forma apocalíptica:

-Y tú mientras, asumiendo, rebuscando, renegado de tu tiempo.

Pero no pueden oír que entre dientes los maldicen, algunas intentan echarles el mal de ojo, esperando que se salgan de la cuneta al volver a sus casas con sus mujeres.

Sólo les queda un esperanza: la de conseguir el dinero necesario para poder salir de allí cuanto antes.

Pobre esperanza, ya que antes las exprimirán como naranjas hasta sacarles todo el jugo. Y mientras los flojos de pantalón seguirán volviendo, sin preocuparse por ellas lo más mínimo, sin importarles lo que les haya pasado o el porqué ya no están. Lo único que les importa es que no se acabe nunca la función.






Rosendo, Flojos de pantalón

domingo, 23 de noviembre de 2008

Evaristo y Amelia



El amor de Evaristo y Amelia se podría decir que se fraguó entre fogones y es que los exquisitos platos que le preparaba la una al otro lo dejaron prendado desde el primer día.
Amelia trabajaba por aquel entonces en un modesto restaurante, aunque con un reconocido prestigio en su zona de influencia, pero esto no hizo que creciera como suele suceder en la mayoría de los casos. Jenaro el propietario lo tenía muy claro: “Mejor dar cincuenta comidas bien hechas que cien regulares”, y Amelia, su cocinera jefe, era de la misma opinión. La ayudante de ensaladas no creía lo mismo: “Cuanto más sirvamos más ganará el jefe y por tanto nosotras”. Una y otra vez, Amelia le intentaba explicar que eso no era así, que no era una regla de tres simple, que había muchos factores a tener en cuenta, pero la ensaladera era dura de mollera y no lo acabó de entender nunca, así que semana sí, semana no, seguía con la retahíla, hasta que al final decidió dejar el trabajo, cosa que fue un alivio para todos, al no ver proyecto de futuro, según ella.

Evaristo siempre recordará el día que entró por primera vez al restaurante. Un sutil aroma a pollo con escamarlanes y caracoles conquistó su pituitaria. Lo acompañó con un buen rioja y a la hora del café fue cuando la vio. Amelia había salido de la cocina para tomarse un café en una apartada mesa. No era muy normal que lo hiciera. Algunos creyeron tiempo después que fue una especie de alineación estelar la que hizo posible el encuentro aquel día.
La vio cansada, y quizás un poco desanimada. Fue esto último lo que le hizo levantarse y acercarse a ella:


-Buenas, ¿la puedo acompañar? Mi nombre es Evaristo –y le alargó la mano.
-No creo que haya ningún mal en ello. Me llamo Amelia –estrechándole la suya sin levantarse.
-Gracias. ¿Es a usted…
-Trátame de tú, que no soy tan vieja –y rieron los dos. Era maravillosa su sonrisa.
-Le decía, ostras, perdón, te decía que si eras tú a la persona que tenía que felicitar por tan suculento manjar.
-Exagerado.
-Lo digo de corazón, bueno mejor de boca –y volvieron a reír. La risa de Amelia era agradable, contagiosa y harmoniosa.


Los minutos fueron pasando y la conversación se fue animando. Eran los primeros de una vida que pronto compartirían. No tuvieron reparos en irse a vivir juntos a los quince días de aquel afortunado encuentro, decisión que no acabó de gustar a los padres de Amelia, conservadores como eran, cosa nada extraña aquellos años; la mayoría de los padres de familia tenían el mismo corte que los de Amelia.
Se podría decir que Evaristo y Amelia fueron unos pioneros, que abrieron el camino que más tarde muchos recorrerían; sin estar casados, sin hijos de por medio que los obligara a casarse de penalti, con menos de cinco años de noviazgo o por llamarle de otro modo, relación sin derecho a roce.
En el barrio fue muy comentada la relación, sobre todo durante las primeras semanas, pero tal como vino se fue al ver que el diablo no tenía cola. También ayudó la implicación de Amelia, desde el primer día, en una pequeña asociación vecinal. Allí dio clases de cocina a la mayoría de las mujeres del barrio, la cuales se vieron atraídas por los comentarios que llegaban de su buen hacer en el restaurante.


Amelia siguió trabajando en la cocina del restaurante, aunque Evaristo le sugirió que no tenía necesidad de hacerlo, ya que con su sueldo y lo que le habían dejado sus padres en herencia al morir, tenían más que suficiente para vivir. Pero ella no quiso perder su independencia en ningún momento. Quiso aportar a la casa tanto como él aportaba; siempre quiso que la tratara de igual a igual, no quería ser como las demás, que buscaban un buen marido, dejaban sus trabajos, si los tenían y se dedicaban a traer niños al mundo sin descanso. Ella era diferente, quería ser diferente, sentía que debía serlo para poder realizarse. No tenía ningún sentido ser como las demás, hacer lo que todas, vestir como ellas, hablar de los mismos temas, dejarse controlar por los hombres, o como había sentido decir a algunas: “Hacer creer que nos controlan”.
Las tardes que pasaba en la asociación eran como una película, pues entre magdalenas, churros, sobaos y polvorones, sus compañeras no dejaban de relatar sus historias personales. Ella nunca entró al trapo y eso que se lo reclamaron con insistencia. Ella quería ser diferente. Aquella tertulia era un pequeño precio que debía de pagar por ayudar si no quería faltar al respeto a los compañeras, pues hubiera sido una afrenta no compartir café con ellas al acabar las clases.


La entrada de los dos sueldos hizo que pudieran acumular una buena cantidad de dinero para realizar un pequeño sueño que Amelia había deseado desde jovencita y del que hizo partícipe a Evaristo casi desde el primer día.


-No me habías dicho que te gustaba leer –le dijo aquel día Evaristo al verla leyendo un libro de considerables dimensiones.
-No me lo habías preguntado nunca –y puso un punto de libro y lo cerró para continuar-. Pero lo que más me gusta es recitar, contar, explicar relatos o como muchos le llaman, cuentos.
-¿De verdad?
-Sí, como lo oyes. Desde muy pequeña me dediqué a explicar historias a mis hermanas. Como no teníamos para comprar libros, me dedicaba a ir de un lugar a otro buscando alguno que alguien hubiera tirado –y señaló el que estaba leyendo.
-¿Y encontrabas muchos?
-Sí, encontraba, pero no tantos como yo hubiera querido. Así que, algunos días hacía que leía el libro, pero en realidad me inventaba la historia.
-¿Y nunca te has decidido a escribir esas historias?
-No, que va. Una cosa es inventarse una historia y otra muy distinta es plasmarla en un papel.
-¿Quieres decir?
-Yo lo creo así. Alguna tarde me había sentado en la mesa de la cocina intentando escribir aquello que se me ocurría, pero no tenía paciencia para ello.
-Ahora podrías volverlo a intentar.
-Creo que mi paciencia sigue igual que hace unos años.

Días más tarde, Amelia le explicó su sueño por primera vez a Evaristo:

-¿Sabes lo qué en realidad siempre he querido tener?
-Dime.
-Un café literario.
-¿Y eso da dinero?
-Pues la verdad, no sabría que decirte, pero si que da alegría de espíritu –él levantó las cejas-. ¿A ti no te gustaría ser propietario de un café literario?
-Mujer, no sé. Café más literatura creo que es igual a mancha en un libro.
-Jajajaja –rieron los dos acompasados.
-Mira piénsatelo y ya me dirás algo de aquí a unos meses cuando tengamos algo de ahorro y podamos empezar por alquilar un pequeño local.
-Sí que lo tienes pensado.
-Más que pensado. Ya tengo el lugar escogido y todo. Llevo varios años intentando ahorrar para poder conseguirlo, incluso he hablado con el propietario que ya está mayor y me lo dejaría, vaya, ahora nos lo dejaría por un precio razonable. Llegamos a hablar de comprar, pero yo no quería correr tanto, además de no tener el dinero suficiente para poder realizar la comprar.
-Me lo tienes que enseñar.
-Cuando quieras vamos dando un paseo.
-De acuerdo. Supongo que tendrás un nombre pensado.
-Sí, el Café literario.
-No sé si vende mucho el nombre.
-¿Y por qué ha de vender? Siempre pensando en el dinero –le dijo sin acritud.
-Porque no abrirás un negocio para peder dinero, digo yo –respondió sonriendo.
-Pues, propón tú un nombre –le retó.
-A ver –pensaba Evaristo mientras miraba al techo. –Ya, ya lo tengo: El rincón literario, o El rincón de los libros.
-No sé, me parece que me quedo con el mío.
-No es cuestión de quedarte con el tuyo o con el mío, es cuestión de hablarlo, de pensar más nombres, y sobre todo de no precipitarnos, ya que un nombre marca mucho.

sábado, 22 de noviembre de 2008

La Sombra de la Luna


Pues la has conseguido Javier, me he entretenido y mucho con tu libro.
La Sombra de la Luna es una novela corta, como el mismo escritor la define, de un escritor novel, pero del que seguro que sentiremos hablar en un futuro, que intenta hacerse un hueco en el difícil mundo de las letras.
¿Qué podemos encontrar en la novela? Una entretenida historia, con un buen ritmo, quizás demasiado rápido al final, aunque visto desde otro punto de vista, podría ser un síntoma de que no quería que se acabara la historia.
Geniales los dos personajes que llevan más peso en la historia: Eduardo, un escritor de éxito, y Arrabal, un policía con muchos años de carga y con alguna que otra carga emocional.
La Sombra de la Luna, empieza simultaneando los dos personajes antes descritos y eso le da un gran dinamismo a la novela, aunque siempre es un riesgo, que Javier Pellicer ha sabido afrontar, ya que algunos lectores se ven cautivados por una de los dos historias y el efecto beneficioso se transforma en venenoso, ya que nos pasaríamos media novela esperando a la otra media. En La Sombra de la Luna no pasa eso. Realmente están compensadas las dos historias, aunque tengo que confesar que la de Eduardo me tenía un poco más cautivado, pero sólo un poco, supongo que por el poder de atracción de la bella Ariadna, la vecina de Eduardo y a la que no sabe como pedirle arroz para la paella –seguro que no se leyó Sin noticias de Gurb.
Quizás el autor ha pecado, por poner un pequeño pero a su escritura, de intentar explicar demasiado la razón de la historia. Introduce dos pies de páginas, que a mí personalmente no me han acabado de gustar. Demasiada información sobre el trasfondo lo cual me ha provocado un brusco cambio de ritmo, aunque para mí, totalmente perdonable, ya que creo que un escritor novel intenta que todo quede lo más cuadrado posible y tiende a atar demasiado los cordones de las botas.
Me ha encantado el epílogo. Son una páginas de una gran madurez que demuestran los lejos que Javier Pellicer puede llegar en el mundo de la letras, igual que lo demuestra todo la novela, por descontado –y para que no haya malas interpretaciones.
También quisiera destacar la portada y la contraportada que el mismo Javier Pellicer ha diseñado y editado. Cautivan al lector y le dan el toque final a un buen trabajo.
En definitiva, y para acabar para que así podáis leer la sinopsis que os dejo abajo, un libro totalmente recomendado desde este portal, desde el que le deseamos suerte, sea con este libro o con los siguientes y de los cuales no dejaremos de informar.
Ah, y para todos aquellos a los que les gusta leer a sus autores preferidos desde la primera novela a la última (como confieso que me pasa a mí), pues eso, que aquí podéis perder vuestra oportunidad si no leéis La Sombra de la Luna.


Suerte Javier.


El cadáver de una muchacha despierta un viejo caso que el inspector Arrabal, detective del departamento de Crímenes Violentos, casi había dado por perdido. Sin embargo, sólo cuenta con una pista para hallar al asesino de tan atroz crimen: un pentagrama dibujado en sangre en la víctima.
Mientras, un escritor conoce a la mujer de sus sueños bajo la forma de una nueva vecina. Una obsesión sin sentido le roerá el alma, hasta verse envuelto en una historia oscura de la que no podrá escapar.


martes, 18 de noviembre de 2008

Ojos



Ojos. Pozos de los deseos. Fosas de la ilusión.

Donde yo me reflejé para que pudieras sentir que estaba cerca de ti, para que pudieras soñar con un mañana mejor, para que pudiéramos compartir los momentos buenos y sobre todo los malos.
Esos ojos que son testigos de todos los días que llevamos juntos, unidos al principio por un finísimo hilo y que poco a poco se ha ido enmarañando para crear la complicidad.
No ha sido fácil el camino a recorrer, pero desde el primer momento comprendimos que el uno podía estar junto al otro, sin miedo a cerrar los ojos.

No son ojos porque los ves. Son ojos porque te miran.

Recuerdo un día que no sabía como consolarte. No querías ni siquiera mirarme. Repetías una y otra vez que no sabías lo que te pasaba. Yo te repetía que estaba allí, contigo, e intentaba que tus ojos se encontraran con los míos, pero entendí que necesitabas tiempo, espacio, desahogo, pero mis ojos no se separaron de ti aunque tú no los vieras.

Cañería de lágrimas. Desagües de las risas. Cortinas de los pecados. Vendas de las heridas.

Y es que a veces parece tan fácil, cerrar los ojos, ponerse una venda y continuar hacía delante como si tal cosa, pero no lo es cuando el corazón se siente sólo, tirado en el frío suelo como si fuera un muñeco roto.

De noche mas de tres mil. De día uno grande y solo

Así te sentiste tú. Observada en la cerrada noche y sin fuerzas para poder gritar, para poder pedir auxilio.

Más grande la pena que sientes al cerrarse para siempre.

Y llegaste a pensar que ese podría ser tú fin.

Medidas del dolor. De nuevo caen gotas del cielo. Vuelve Dios a llorar.

Y esa lluvia fue la que te refresco la cara, las magulladas del corazón, las heridas del alma. Fue esa lluvia la que te dio fuerzas para levantarte, llegar hasta casa y casi sin fuerzas tocar la puerta.

No los cierres esta noche que quiero conocer el mar.

No sabes lo que llegué a asustarme. Te abracé con desmesurada fuerza y tú me rechazaste. Por suerte comprendí que no era eso lo que necesitabas, sino descansar, cerrar los ojos y soñar con un nuevo mañana acolchada entre un suave oleaje.

No son ojos porque los ves. Son ojos porque te miran.

Y estuve toda la noche sentado al borde de la cama, cogiéndote la mano, casi sin parpadear, para que pudieras sentir el calor de mi mirada. Tenía miedo a cerrarlos y que tú los abrieras y te sintieras de nuevo sola.

Dime de que color son los de quien tienes al lado, del último con el que has soñado, del que anoche te besó.

Blancos besos los que te di al salir el sol. Tiernos besos los que soñé durante la noche. Necesitaba decirte que podías contar conmigo, que te ayudaría a salir del pozo, a comenzar una nueva historia, una nueva vida. Que no tenía miedo a emprender la marcha, fuera al ritmo que fuera, pues mi espíritu peregrino sabe que uno de debe amoldar al ritmo del más lento.

Miedo todo lo que ves y vio.

Fue un largo camino, un sendero que recorrimos juntos, y mientras lo hacíamos nos preguntábamos de que color son los ojos de Dios mientras caían lagrimas contra el viento, médico del enfermo, amante de amante.

Y nos miramos a los ojos y nos procesamos puro amor, blanco amor, amor por amor.

No son ojos porque los ves. Son ojos porque te miran.


Canción Ojos de grupo Los Suaves

lunes, 17 de noviembre de 2008

La muerte de Amalia Sacerdote

Está es la última novela de Andrea Camilleri publicada en España y siento decirlo, no creo que pase a los anales de la historia.

Seguidor de Camilleri como soy, creo que esta novela le hace un flaco favor a su carrera. Desde el principio no vemos metidos en un mundo de parecidos nombres que hace despistar al más sagaz de los lectores. Además, la novela carece de ritmo, cosa poco usual en el escritor, y la trama deja mucho que desear.

¿Qué se puede decir a favor de la novela? Pues que la última página de la novela es lo mejor y no porque ponga final, que no lo pone, si no por el juego de palabras al que nos tiene acostumbrados Camilleri; juego que se ve roto por el bochornoso título que se le ha dado en España a la novela, y me explico.

Supongo que en RBA necesitaban a un autor como el italiano para relanzar sus premios (aún no le he dicho, pero esta novela es premio RBA de novela negra 2008) y claro, no pegaba mucho llamar a una novela negra El arte de la pesca, que es como la llaman en Italia. Y ahí es donde viene el bochorno ya que el autor juega con el título original en su acostumbrado juego de palabras que claro está, queda deslucido con el nuevo título.

Más cosas que se pueden destacar, es la nota final que le hace al libro, donde podemos encontrar, ahora sí, el humor negro de Camilleri al referirse al conjunto de la novela como una novela histórica. Los de RBA se deben estar tirando de los pelos.

No quisiera alargarme más, lo dejo en vuestras manos, comprar o no comprar la última novela de Andrea Camilleri, aunque sólo la recomiendo a seguidores fieles del autor por aquello de tenerlas todas y no como iniciación al autor, ya que si no creo que no leeréis ninguna más y de verdad que valen y mucho la pena.

-----------------------------------------------------

Sinopsi (extraída de la contraportada)

Michele Caruso, director de la RAI en Palermo, se niega a que el auto de procesamiento de Manlio Caputo, hijo del líder de la izquierda siciliana y acusado del homicidio de su novia Amalia Sacerdote, hija a su vez de un notable diputado del partido rival, abra el informativo regional de la tarde: «Esta historia es peligrosa para todos, también para quien debe dar la noticia». Y es que «una pura y simple noticia de sucesos» no es pura ni simple en Sicilia, en donde política, mafia y familia conforman una red tan sólida, que hasta la justicia y el periodismo los dos escenarios en los que transcurre esta magistral novela están a su servicio. Y en la que unos y otros confabulan, no para encontrar la verdad, sino para esconderla. La muerte de Amalia Sacerdote no es sólo una novela sobre la corrupción política, sino también sobre la fidelidad al orden establecido: los títeres de la televisión, la farsa de los abogados, el farol del fiscal, la desaparición de las pruebas, el misterioso amante de Amalia Sacerdote y, por supuesto, el alto precio de negarse a mirar hacia otro lado.

domingo, 16 de noviembre de 2008

MOMENTOS

Momento #37: Lamernos las heridas (Jordi Sierra i Fabra, Frío)

Momento #36: El oficio de cuentista (Óscar Sipán, La novia francesa de Ho Chi Minh)

Momento #35: Los recuerdos (Víctor del Árbol, Un millón de gotas)

Momento #34: Oscuridad (Mario de los Santos, La gota contra la primavera)

Momento #33: Sobre estaciones, trenes y el amor (Haruki Murakami, Los años de peregrinación del chico sin color)

Momento #32: La palabra que nos define (Claudio Cerdán, Un mundo peor) 

Momento #31: sobre los maestros (Albert Camus,  El primer hombre)

Momento #30: sobre la evolución y el sobrevivir (Frank Thilliez, Gataca)




Momento #28: sobre la histeria colectiva (Frank Thilliez, El Síndrome E)




Momento #26: sobre la terapia en la peluquerías (Óscar Sipán, Concesiones al demonio)


Momento #25: Sobre la ex novia (Óscar Sipán, Concesiones al demonio)


[.....]

Momento #3: Sobre el sufrimiento (Analdur Indridason)


viernes, 14 de noviembre de 2008

La sombra


Llegó un día en la vida de Alejandro que temió a su sombra. ¿Qué era aquella extraña mancha en el suelo que le acompañaba? ¿Qué pretendía? ¿Qué buscaba?

Sólo se sentía tranquilo al llegar el mediodía, cuando su perseguidor descansaba, cuando se escondía o quizás buscaba nuevas victimas. Aprovechaba esos momentos para sentarse en un duro banco del parque y ver pasar gente anónima. Todos los días se hacía la misma pregunta: ¿Ellos también son perseguidos por sus sombras? Pensar que era así le satisfacía y le hacía volver con aires renovados a su casa justo antes de que apareciera la maldita sombra.

La sombra consiguió que dejara suculentos trabajos. Pero era más importante su seguridad, su tranquilidad que su sustento. Pensó que, comiendo todos los días un puñado de arroz no gastaría mucho. Eso y sus ahorros le permitirían vivir sin trabajar por los retos. Así que llenó la despensa con quilos y quilos de arroz. De esa manera se ahorraba viajes inoportunos a comprar. Sólo saldría cuando la sombra descansara para poder cumplir con su ritual paseo por el parque.

Los días nublados fueron sus preferidos ya que los pocos minutos que utilizaba normalmente se multiplicaban por cien.

Fue uno de esos días, donde sentado en el banco, un anciano se acercó con sigilo, como salido de la nada, y sin mediar palabra se sentó a su lado.

Alejandro lo miró de reojo intentando no alertarlo. Al cabo de unos minutos, no pudiendo aguantar la curiosidad generada por su obsesión compulsiva y le preguntó:

-¿Le conozco?

-Más de lo que tú quisieras –y se levantó. Justo en ese momento el horizonte se limpió de nubes.

Alejandro tuvo el acto reflejo de cogerle por el brazo, pero su intento fue baldío, ya que donde tendría que estar el brazo sólo había aire. Se asustó y retiró la mano tan rápido como la había alargado.

Miró fijamente al anciano que seguía ante él. Sus miradas se cruzaron. El anciano parecía triste, cansado, desangelado.

-¿De verdad quieres saber quién soy? –le dijo el anciano.

-No sé si ahora quiero saberlo –fue la respuesta de Alejandro que estaba helado de terror al percibir en su mirada unos rasgos que nunca hubiera querido ver.

El cadáver de Alejandro fue encontrado en su casa días después en un avanzado estado de descomposición, y sobre una capa de arroz sin cocer.

La causa de la muerte: perforación del estómago por una ingesta desmesurada de arroz.

Se encontró una nota sobre la mesa del comedor que decía:

“Yo no era el único que sufría. Al mirarle a los ojos supe que ella también tenía ganas de descansar de mí, y que para conseguirlo me haría sufrir.

Tenéis que entender que no estaba dispuesto a pasar por ese trance y más sabiendo que siempre estaría a mí lado, sobre todo en los días nublados.”


jueves, 13 de noviembre de 2008

Reseñas de mis libros

Título: Bajo el eucalipto
Fecha de publicación: Marzo 2007
IBSN: 84-611-5907-9

Disponible en AMAZON  (Clicar para comprar)








Reseñas de Bajo el eucalipto
 
Blog Sweet Dreams
En Shvoong
Blog Mentecreativa
Blog Tierra de Bardos

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Estado de ánimo



Esta noche no me apetecía otra cosa que escuchar la canción que encabeza el escrito. Supongo que si la escucháis, si la sentís, entenderéis algo más de mí estado de ánimo.

No sé ni siquiera lo que dice, quizás mañana busque la letra y escriba sobre ella, pero el sentirla me ha reconfortado. Quizás algún psicólogo diría que me hacía sentir peor (menos por menos es más), pero no es así. La sentía como si fuera un edredón sobre la piel en una noche de frío invierno; era como acercarse a una chimenea en plena nevada.

Y es que la vida es así, ¿no?, una montaña rusa de emociones. Hoy arriba y mañana abajo.

Mi problema puede ser que me hago el fuerte e intento no bajar nunca de la montaña por muy fuerte se sople el viento. Eso conlleva un gran esfuerzo de contención de sentimientos, además de un severo desgaste que no se aprecia hasta que un día recibes un golpe más fuerte que los anteriores y caes por los rieles de la montaña rusa. No sabéis el pánico que le tengo.

Supongo que mañana será mejor. Seguro, y más después de hacer este ejercicio de sinceridad, este desnudo integral de mi alma, pero donde lo iba a hacer si no en mi en el salón de mi casa.

Para que después duden de que el acto de escribir no ayuda.

No os preocupéis es pasajero, vaya espero.

lunes, 10 de noviembre de 2008

No es tan romántico como parece

Se le ha dado bastante bombo y platillo a la iniciativa de Alberto Vázquez-Figueroa de tirar por la calle del medio y “autoeditarse” sus próximas novelas, pero creo que se deberían aclarar ciertos puntos que a mí entender no están del todo claros y que le quitan romanticismo a la cuestión.

Su primer intento de romper con todo fue cuando, cansado y cabreado como manifestaba en su blog, decidió poner su novela "Por mil millones de dólares" de forma simultánea en papel y en descarga gratuita en su blog. Por lo que parece la cosa fue bien y el autor no sintió que perdiera dinero, al contrario, piensa que ha ganado lectores.

Ahora vuelve a la carga con “Saud el Leopardo” y al parecer sin la ayuda de ninguna editorial convencional detrás. Lo ha colgado en la página de Bubok donde se pueden comprar libros por encargo, es decir, que en principio te lo hacen al momento. Pero ahí está el tema.

Me he puesto a buscar a ver si era cierto que tan sólo se podía encontrar en Bubok y me ha bastado un único intento para comprobar que también lo podía encontrar en La Casa del Libro y al mismo precio que en Bubok. Esto me ha generado muchas preguntas que intento contestar a continuación.

Supongamos que compramos el libro en Bubok. Un rápido cálculo nos dice que la novela nos costaría 22,3 €.

Ahora miramos el precio en La Casa del Libro: 16,35 € a lo que añadiremos los gastos de envío que serán más o menos iguales que en Bubok.

¿Yo me pregunto? De donde sale el beneficio de La Casa de Libro.

Primero tendré que suponer que la misma Bubok suministra los libros con unos gastos de envío reducidos y con alguna rebaja sobre el precio. Pero aún y así, hacer un libro en Bubok de las características de Saud ronda los 9 €, por tanto el margen es muy estrecho si tienen que comer los cuatro (autor, editor, distribuidor y librería)

Lo que no he podido comprobar es si físicamente el libro está en la tienda. Si esto fuera así, la propuesta de Alberto Vázquez-Figueroa, con todos mis respetos, sería el cuento de las cabritas, porqué entonces no veo por ningún lado de donde sale el beneficio, ya que le tenemos que descontar un 30% al precio para obtener el beneficio medio de una librería, y más si tienen que pagar el envío, como el resto de los mortales.

En definitiva, que la cosa parecía muy bonita, pero en fondo sólo veo una cuestión de marketing detrás del tema, por parte de todos; unos porque pueden decir que tienen a un escritor superventas publicando en su web; otro porque puede decir que va contra el sistema de las editoriales convencionales.

No es que le quiera quitar mérito a la iniciativa del escritor, pero si algo de romanticismo.


jueves, 6 de noviembre de 2008

El rincón de los libros encontrados (III)



Fue un sábado el día elegido por el abuelo para enseñar a su nieto El rincón de los libros encontrados.

Durante los veinte minutos que duró el trayecto a pie casi no hablaron. Esto no fue un impedimento para que los dos se sintieran animados; el abuelo por compartir con su nieto su rincón secreto; el nieto por la confianza depositada en él: “Ni siquiera tu madre sabe donde se encuentra”, recordó que le había dicho el abuelo. Ahora tenía más claro que nunca que, su abuelo lo quería con locura y que había sido una desconsideración por su parte, creer que sin historias su abuelo no era tan importante para él. El amor era mutuo, sincero, entrañable.

-¿Está en tu casa? –le dijo Andreu al abuelo mientras este abría la puerta.

-¿Y dónde pensabas que podía estar?

-No me lo había planteado, pero nunca imaginé que estuviera tan cerca de nosotros.

-Es que está escondido y además es muy pequeño. –Lo que desilusionó a Andreu en cierto modo, ya que desde el día que supo de la existencia del rincón, se lo había imaginado como una biblioteca inmensa. El abuelo se percató y le dijo: -No lo juzgues antes de verlo.

Subieron los escalones que comunicaban la entrada con el salón. La decoración estaba muy recargada; muebles y más muebles que casi no daban respiro a las paredes y el suelo.

El abuelo se acercó a uno de los muebles:

-Me tendrás que ayudar. Antes lo hacía tu abuela –dijo emitiendo un leve suspiro al finalizar la frase.

Los dos apretaron con fuerza consiguiendo mover aquel pesado mueble, pero no se veía ninguna entrada en la pared. Fue entonces cuando el abuelo empezó a golpear suavemente el tabique hasta que se sintió un sonido más vivo, no tan apagado como los demás. Siguió golpeando hasta marcar el perímetro de la oquedad; midió un plano y con la uña típica de tocar la guitarra, pudo extraer lo que parecía un trocito de pintura, pero que en verdad era un diminuto tapón que guardaba la cerradura. Se echó la mano al bolsillo y escogió la llave más pequeña de entre las que tenía en el llavero. Ésa era por la que, años atrás, Andreu había experimentado una extraña atracción:

-¿Abuelo, qué abre esta llave? –le había preguntado.

-Abre una caja fuerte.

-De veras.

-Sí, de veras.

-¿Y tienes mucho dinero escondido?

-No te lo sabría decir –fue la respuesta del abuelo aquel día. Ahora estaba a punto de entender aquella respuesta.

No hizo falta un gran esfuerzo para abrir la puerta. Tirando de la llave se podía abrir la puerta, y mientras ésta lo hacía, pequeños hilos de pintura plastificados se desprendían del perímetro.

-Menudo trabajo tiene el escondite –es lo único que se le ocurrió decir a Andreu.

-Parece mucho, pero a base de abrir y cerrar se aprende a ponerlo en un momento.

-¿Tiene que ser muy valioso lo que tienes ahí escondido?

-Eso lo decidirás tú. Tú le podrás el valor. El mío como podrás comprender es muy alto.

Antes de entrar tocó un interruptor interior y se hizo la luz. Lo dos agachados entraron en El rincón de los libros encontrados. Una vez a dentro, se pudieron poner de pie. No tardó mucho a saturárseles la nariz de un intenso olor a papel mojado, y es que muchos de los manuscritos que se encontraban allí los había recuperado de los vertederos. Durante muchos años los abuelos se iban de excursión a los vertederos cercanos, era como si estuvieran jugando a la búsqueda del tesoro. Esa búsqueda no se limitaba a manuscritos. Muchos de los muebles que allí se encontraban habían sido rescatados del vertedero, y es que por entonces no existía el punto de recogida selectiva inaugurado hacía tres años, justo el tiempo que Amelia, la abuela, lo había dejado sólo.

No había ni un solo metro libre de pared; estanterías y más estanterías repletar de manuscritos, y en el centro de la sala, dos sillones y una lámpara entre los dos.

-Aquí veníais la abuela y tú a leer.

-Sí, casi cada tarde nos dedicábamos a leer, clasificar, ordenar y documentar los manuscritos.

-¡Guau! –exclamó Andreu al ver un libro plateado. -¿Éste tiene que valer mucho, verdad? –señalándolo. El abuelo rió y añadió:

-Es una primera edición del Quijote.

-¿De verdad? –el abuelo no pudo contenerse y rió a brazo partido lo que molestó un poco a Andreu. No entendía lo que le hacía tanta gracia.

-¿Tú crees que yo tendría una primera edición del Quijote en El rincón de los libros encontrados? –le preguntó el abuelo aún sonriendo.

-¿Y por qué no?

-Pues porqué entonces estaría incumpliendo el requisito mínimo para poder pertenecer a la colección.

-¿Y es?

-Mira Andreu, aquí sólo ahí manuscritos de libros que no se han publicado nunca, o como mucho, que se hayan autoeditado, aunque podrás entender que la mayoría pertenecer a la primera categoría, ya que eso de la autoedición es un proceso que no se estilaba mucho hace unos años.

-¿Y encontrados, por qué?

-Pues porqué, o bien los encontramos tirados por ahí, o bien me los regalaron sus propietarios hartos de convivir con el fracaso de no publicar. Antes el café de la plaza central era un hervidero de escritores que se pasaban el día hablando de sus novelas inacabadas, que de esas también tengo unas cuantas, o de las no publicadas, e incluso de las enviadas a concurso y que no fueron ni mencionadas. Entre todos ellos intentaban encontrar el secreto del éxito, comparado una obra con otra, viendo lo bueno de una y lo malo de otra para volver a copiar el estilo o para no volverlo a hacer. Una vez acabado el debate y viendo que ninguna de las novelas o relatos eran perfectos, me los daban a mí a modo de regalo. Yo nunca los consideré un regalo. Yo siempre lo consideré como un préstamo, como te lo diría, me consideraba el guardián del saber de aquellas gentes. Tenía, vaya tengo, la firme convicción que muchas de las novelas o relatos que aquí se encuentran tendrían un digno recorrido editorial. Pero ya sabes tú que las editoriales no se rascan el bolsillo si no ven pasta gansas en el horizonte. Una vez hablando con tu abuela se nos ocurrió que podíamos montar nuestra propia editorial, pero también teníamos que convencer a los autores y ninguno de ellos quiso acceder ya que consideraban que todo escrito guardado en El rincón de los libros encontrados estaba gafado, quemado, tarado, y todos los adjetivos despectivos que le puedas aplicar a una obra. Así que desechamos la idea. Ahora quedan muy pocos vivos y quizás sería el momento de retomar la idea de publicar, pero sin tu abuela –y hizo una pausa. –Pero ahora serás tú el guardián del rincón y por tanto podrás hacer lo que quieras con él. –A Andreu se le iluminaron los ojos –Pero recuerda, este es tú sitio y el de nadie más, aunque cuando yo no esté quizás decidas compartirlo, pero te advierto, antes de tomar dicha decisión, siéntate y lee, así te podrás dar cuenta de lo que te dejo.

Andreu no sabía que decir. Estaba alucinado. Se sentó en uno de los sillones y fue moviendo la cabeza de derecha a izquierda recorriendo las paredes repletas de manuscritos.

-¿Y los tuyos? –al fin dijo.

-Ya los encontraras.

Andreu ya conocía El rincón de los libros encontrados y la novela estaba dando sus últimos coletazos igual que la vida del abuelo, aunque a decir verdad, ya había vivido una semana más de las que le había pronosticado.

El día que la acabó, la cosió, se la puso bajo el brazo de la gabardina y se dirigió al cementerio para enseñársela a su mujer.

Ahora ya se podía morir tranquilo. Había sido capaz de empezar y sobre todo acabar una novela. Ya podría hablar con propiedad con los demás escritores del café si se los encontraba.

martes, 4 de noviembre de 2008

El rincón de los libros encontrados (II)

Aquella tarde hacía una semana que el abuelo no explicaba cuentos a Andreu; era el momento de sentarse y contestar a la pregunta.

Andreu llegó con suma rapidez, incluso dejó a sus amigos con la palabra en los labios. Tan sólo les dijo que tenía muchas cosas que hacer y que eran demasiado importantes para llegar tarde.

-¡Buenas tardes abuelo! –gritó con alegría al entrar.

-Buenas tardes Andreu. ¿Qué tal te ha ido el día?

-Muy bien.

-Me alegro.

-Ya a pasado una semana –dijo Andreu impaciente.

-Sí.

-Entonces, hoy me explicaras una historia.

-Ya veremos, pero antes tienes que merendar.

Andreu tiró la maleta sobre el sofá y casi corriendo se dirigió a la cocina. El abuelo continuó escribiendo:

Un majestuoso eucalipto de múltiples brazos me saludó. Quedé un poco impresionada. Debía ser milenario. Su tronco, su cuello y su larga cabellera me transportaron en un viaje fugaz hasta el infinito cielo.

Suspiré profundamente y observé que no había ni resto de vegetación bajo su radio de acción. Sólo muerte.”

-Ya está abuelo. Ya tengo la tripa llena.

El abuelo dejó de escribir y le dijo:

-Pues sentémonos en el sofá que estaremos más cómodos.

Andreu se sentó de un salto; al abuelo le costó un poco más:

-Maldito espalda –se quejó al sentarse el abuelo.

-¿Te duele otra vez?

-Sí hijo. Seguro que mañana llueve.

-Seguro. Tu espalda es mejor haciendo predicciones que el hombre del tiempo.

-Y que lo diga. Pero dejemos de hablar de mi espalda. ¿Has reflexionado sobre el amor que me procesas?

-Sí.

-¿Y a qué conclusión has llegado?

-¿Te lo digo si me explicas de qué va lo que estás escribiendo con tanta dedicación estos últimos meses?

-No es que no te lo quiera contar, pero creo que deberás esperar a que acabe de escribirla. Tengo la firme convicción que no se debe hablar de la trama de una historia si antes no se ha concluido.

-¿Y eso? ¿Es qué crees en maleficios y esas cosas?

-Hombre, llamarlo maleficio no sé si sería lo más apropiado, pero algo así.

-Jajajajaja –rieron los dos.

-No me esperaba una respuesta así, abuelo.

-Nunca habíamos hablado del tema.

-¿Y te falta mucho para acabar? –le preguntó Andreu con los ojos abiertos como platos.

-No mucho.

.¿Y eso cómo se puede saber?

-Es fácil y difícil a la vez, pero la cuestión principal es que tú dominas a los personajes, aunque algunas veces ellos te intenten dominar a ti.

-¿Sueñas con ellos? –le interrumpió interesado.

-Sí, a veces. Incluso he comido, cenado y paseado con ellos.

-¡Guau! –exclamó -. Tiene que ser fantástico eso de escribir.

-Sí, lo es.

-¿Me enseñaras a hacerlo?

-Cuando quieras.

-¿Hoy mismo?

-Hoy no puede ser. Ya que para poder escribir se tiene que haber leído mucho antes.

-Yo leeré mucho. Te lo prometo. –Promesa que hizo sonreír al abuelo. -¿Podré empezar por la que estás acabando? –siguió preguntando casi nervioso.

-No sé. Lo tendré que pensar. Quizás debas comenzar por otro tipo de lecturas.

-Pero nosotros no tenemos demasiados libros, y lo que hay son casi todos de mamá. Sólo leyendo los títulos me quedo dormido.

-Jajajajaja –volvieron a reír a dúo.

-En casa tenemos muchos libros lo que no están a la vista de los demás. Están, digamos que escondidos. Ni siquiera tu madre sabe donde se encuentran.

-¿Ni mamá?

-No.

-¿Es cómo un tesoro? ¿Y me los enseñarás a mí? –enlazó las preguntas nervioso.

-Sí es como un tesoro. Y sí, te lo enseñaré, pero en su momento.

-Sabes abuelo, después de pensarlo mucho durante esta semana, he llegado a lo conclusión que con historias o sin historias te quiero igual. –Y se abrazaron como no lo habían hecho antes. Al abuelo casi se le saltaban las lágrimas de la emoción del momento.

El rincón de los libros encontrados iba a recibir la visita de Andreu, si los acontecimientos no sé precipitaban antes. El abuelo era consciente de ello y por eso cada día se iba más tarde a dormir para poder acabar su última novela: Bajo el eucalipto.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Bajo el eucalipto

Título: Bajo el eucalipto
Fecha de publicación: Marzo 2007
IBSN: 84-611-5907-9

PRECIO: 15 €
Gastos de envío: GRATIS

Haz el pago y luego envíame un correo a crucedecaminos22@hotmail.es  con tus datos postales para que te realice el envío. GRACIAS







Sinopsi

El amor, la vida y la muerte mezcladas en un torrente de sensaciones a flor de piel, donde tampoco faltan toques de humor, crítica social y profundas reflexiones bien aderezadas.

Se nos muestra cómo bajo un eucalipto no crece nada, aunque algunas veces nos podemos encontrar sorpresas.

Los personajes principales son un hombre sin alegría, sin ilusiones, que no se atreve a dar un giro a su vida hasta que se ve inmerso en una aventura que nunca buscó, pero donde se ve atrapado irremediablemente; y una mujer desesperada, sin ganas de vivir y con una única amiga, que abre los ojos a una nueva vida e intentará no desaprovechar la oportunidad.

Las más terribles pesadillas envolverán a ambos, pero de formas muy distintas, pues el hombre no las buscó, y la mujer intentará con ellas esclarecer oscuros pasajes de su infancia.

Son dos vidas totalmente diferentes, pero con estaciones de paso similares, donde una avanza y el otro retrocede.

Reseñas de Bajo el eucalipto 
#6 Blog Composición XIII
Blog El Errante
Blog Sweet Dreams
En Shvoong
Blog Mentecreativa
Blog Tierra de Bardos
Tusrelatos.com

Entrevista a David Gómez 
Con motivo de la salida de mi libro me hicieron una pequeña entrevista promocional.
En la web Narrador.es